A diez kilómetros

Seis y treinta de la mañana. Luego de levantarme fui a la cocina a preparar el desayuno. Estaba ansiosa, se notaba en mi respiración. Mis manos ordenaban todo sin dejar de estar inquietas, una que otra vez se me caía algún vaso o cubierto.

Sudor en la frente. Dentro de mí se alojaba un sentimiento casi mágico, y por más que lo quise ignorar en varias oportunidades, ese día me dije: “Hoy tienes que atreverte”.

Lo veía en clases, aunque no en todas. Por supuesto, me interesaba más en las que él estaba. Pensaba que tal vez en alguna podíamos hacer equipo, pero eso nunca pasó.

Es por ello que aquel 12 de febrero, el día de la graduación de Vale -y también la suya-, decidí romper el hielo. No me parecía algo difícil, relacionarme con las personas se me daba bien. Pero, ¿por qué con él no? Un “Hola” jamás fue tan difícil.

Terminé de organizar todo en la cocina y me fui a bañar. Me coloqué un vestido sencillo con encaje y sandalias de cuña. Maquillé mis ojos con un ahumado suave, lo que combinó a la perfección con mis labios neutros.

Ya en el salón mis nervios se disiparon.

Valeria estaba hermosa como siempre, su gran día había llegado y yo no podía estar más feliz por ella. Aunque descubrí que esa felicidad podía extenderse. Era él, de traje negro y su cabello peinado ligeramente hacia el lado izquierdo, nunca lo vi tan elegante.

Para mi sorpresa, se unió a nuestra conversación por un buen rato. Vale se dio cuenta del rubor que se iba asomando en mis mejillas, quiso decir una mentira para irse y darnos, por primera vez, unos minutos a solas, pero él se adelantó en hablar. Después de una breve disculpa se alejó y fue al encuentro con una muchacha, alta, casi de su tamaño debo decir, cabello oscuro hasta la espalda baja, escote profundo y mirada felina.

No quise alarmarme, pues pudo haber sido una compañera de otro semestre, pudo ser alguien a quien solo quería saludar. Pudo…

Pero fue el beso, fugaz y casi salvaje el que me hizo entender que yo había perdido antes de jugar. Cinco años habían pasado, y justo en ese momento me di un golpe muy doloroso en la cabeza y en el corazón. Cerré los ojos con fuerza y al abrirlos me encontré en un campo de batalla a diez kilómetros de él, sin armas para la guerra y sin esperanza ante su amor.

Dedicado a Dely.
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