Desde la ventana

Me costaba conciliar el sueño en las últimas cuatro semanas. Nunca tuve televisor en la habitación, por lo que siempre terminaba la noche leyendo algún libro de romance, luego cerraba los ojos y media hora después seguía despierta. Giraba sobre la cama, acomodaba la almohada y el edredón, iba por un vaso de agua y cerraba las cortinas cuando el viento se colaba jugando a separarlas. Repetía el proceso muchas veces, era estresante.

Terminaba por dormirme a eso de las cuatro de la mañana. Para el mediodía me levantaba directo a la cocina a preparar el café, allí mi hermana me decía con un marcado gesto irónico en su rostro: “La muerta resucitó”, lo típico.

Fue entonces cuando en una de esas noches escuché un suave silbido casi imperceptible desde la vieja ventana, y por supuesto las cortinas estaban corridas. Lo único que noté fue mi reflejo en el vidrio. La piel se me erizó, mis oídos se agudizaron y mi corazón se hundió.

Era evidente que desde ese momento empecé a sentirme incómoda, y es que el siguiente día ocurrió lo mismo, el otro también y así sucesivamente, mientras que yo permanecía dibujada en el mismo cuadro nocturno con dos pedazos blancos de tela ondeando a cada lado. Un retrato solitario y tétrico.

Así pues, aquel lunes al anochecer quise resolver el asunto. En vez de irme a la cama, me dispuse a examinar la ventana desde afuera.

Todo estaba en su lugar, por lo visto. El frío me pegaba en el rostro. Pensé que a lo mejor estaba un poco paranoica y me encaminé de regreso a la puerta trasera de la casa. Pero un crac proveniente de los arbustos capturó mi atención de la forma más terrorífica.

Cuando me di vuelta la imponente gabardina negra me heló la sangre de inmediato, sus ojos parecían conservar al mundo entero en su interior y el resto de su cara era imposible de ignorar, estaba creada con todas las risas y lágrimas de cada ser humano. Se acercó a mí silbando una melodía nostálgica, levantó mi mano y se la llevó a sus labios. Caí en cuenta de que solo tenía puesto mi camisón.

Mis pies desnudos se aproximaron unos centímetros hacia la criatura. Un silencio tenso se originó entre nosotros. “Ya los alejé a todos, ahora vuelve a tu cama y descansa”, declaró finalmente con una voz cálida y arrulladora. Vacilé tras sus palabras, sin embargo obedecí y me adentré a la normalidad de mi habitación.

Nunca lo volví a ver, pero lo cierto es que ahora mi sueño es tan profundo como el océano, y al despertar aparece en mis recuerdos nítidamente.

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