Inseparables

Esperaba con ansias la salida del colegio -como la mayoría-, y solo porque sabía que mi abuelo iría por mí con Gordo en su bolsillo, el hámster que me había regalado unas semanas antes. Me llamaban rara, ¿quién llevaba un ratón a la escuela?

Era lo máximo. Podía jugar con él, era un gran compañero para las tareas y además era todo un personaje. Y no, no hablo de Gordo, sino de mi abuelo.

Una tarde iba a sacar a Gordo a pasear al jardín como solía hacerlo, pero cuando me acerqué a su jaula vi su cuerpecito inmóvil cerca de la comida. Pasé el resto del día triste.

Durante el recreo de la mañana siguiente, le conté a mi mejor amiga lo que había ocurrido, ¡la catástrofe del año!, bueno, de la semana. Ya no tenía a mi amigo peludo. La hora de la salida no fue igual, esperé sentada en uno de los bancos cercanos al portón de la institución. Luego llegó mi abuelo, sin ningún roedor en su bolsillo.

Ya en casa fui a la cocina a ver qué había de comer, en lo que vi una cajita agujerada en el mesón. Algo se movía dentro. La abrí un poco nada más y acerqué el ojo. No lo podía creer, era un hámster blanco. Ella, perdón. La llamé Bianca. Un regalo del viejo con poco pelo, el cascarrabias por momentos y el cómplice ideal. Pensé que mi abrazo de agradecimiento debió astillarle algún hueso.

Pasaron los años y las cosas cambiaron. La pubertad, los conflictos existenciales y la apatía marcaron aquella relación singular. Las conversaciones ya no fluían como antes, yo mientras tanto encontraba la diversión en otros lugares y personas. Mi cuarto se convirtió en una guarida y en el suyo solo se escuchaba el sonido de la televisión.

Parecíamos dos ermitaños.

Pero fue con un dolor de estómago común, igual a cualquier otro, con el que vimos una faceta muy oscura de la vida: el cáncer. Todo sucedió muy rápido. Exámenes, lágrimas, operaciones y recaídas, no hubo tranquilidad.

Uno de esos días tuve que llevar a mi abuelo hasta el baño, estaba débil, yo lo tomé de un brazo y mi abuela del otro, aún así nuestra fuerza no fue suficiente, pues sus rodillas cedieron y no quedó otra que pedir ayuda.

“Te asustaste, ¿verdad?”, dijo sonriendo, acostado en una camilla pálida. Cómo no, por favor. Y le dije que sí pero me quedé corta con la respuesta. Al rato salí, me senté cerca de la puerta de urgencias y lloré. Por Dios, lo sabía, tenía que ser fuerte sin dejar de ser realista. Debía aceptarlo y mandar mi egoísmo a la mierda.

Esa noche entró al quirófano de emergencia, mi mamá se quedó en la sala de espera rezando. Yo, por otro lado, estaba con mi abuela en la casa, ambas en la misma cama dándonos apoyo y compañía en silencio. Nervios. Llovía mucho, y para ese entonces yo le tenía miedo a los truenos. Horas después mi mamá había regresado, abrió la puerta del cuarto dando paso al dolor.

Él se había ido. Probablemente recordó mi rostro decaído cinco años atrás y quiso ir a buscar a Gordo para hacerme feliz. A lo mejor de esa manera quería compensar el tiempo que perdimos el uno del otro. O quizá nada más necesitaba paz, el motivo por el que no quise retenerlo y decidí liberarlo al cielo desde mi corazón.

Dedicado a Rogelio.
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