La Poza

Cuando tenía ocho años solía ir a su encuentro. Me llevaba un pequeño tarro de vidrio para llenarlo hasta el tope de agua, pues esta era mágica y me hacía feliz a mí y a mi abuela.

Todo esto lo descubrí un día cálido de enero. Troté en bajada por las escaleras para darle los buenos días a mi vieja consentida. Ella estaba sentada en su cama con el pijama aún puesto, miraba fijamente a la nada pero yo solo me centré en darle un fuerte abrazo. Comencé a parlotear, a saltar sobre el colchón y a sentarme en sus piernas, en lo que me miró y preguntó: “¿Quién eres y por qué estás aquí?”, obviamente me reí y le volví a abrazar, pero ella no me respondío con el mismo cariño ni pronunció otra palabra, así que subí a mi habitación dolido.

“Ya no me quiere”, pensaba una y otra vez. Mi mamá pareció darse cuenta, porque cuando bajé más tarde estaba con la abuela, quien seguía en su habitación, asustada. Mamá le hablaba pero ella casi no contestaba. Pensé entonces que ya no nos quería, ni a mí ni a mamá, nunca más.

Aunque lloré mucho, tomé a mi superhéroe de juguete y decidí ir a la poza, no la había visitado solo, sin embargo creí que despejaría mi mente en ese lugar.

No estaba lejos, nada más tuve que bajar por la colina. Al principio exploré un poco alrededor y luego comenzó la diversión. Corrí por ahí sosteniendo muy alto a mi increíble muñeco como si volara, estaba muy concentrado hasta que escuché un psst, me detuve en seco y giré la cabeza varias veces. “Aquí, en la poza”, dijo una dulce voz. Tímidamente me acerqué y vi lo más impresionante que un niño jamás pudo haber visto en toda su vida. Era como una gran gota de agua esculpida en forma de mujer asomada en la superficie. Dejé caer a mi superhéroe y me acerqué, ella también lo hizo. Quise tocarla con mi dedo índice y solo conseguí atraversarla. Ella sonrió.

Me dijo que fuera de regreso a casa por un envase, de arcilla o de vidrio, y que volviera nuevamente para llenarlo con el agua de su poza. No sé si fue por el miedo o porque mamá siempre decía que yo debía obedecer, pero así lo hice, fui tan rápido como pude. En la cocina había un montón de frascos sin usar.

Estaba muy cansado de ir y venir, incluso me subada la frente. La mujer de agua seguía allí esperándome. “Muy bien pequeño, ahora escucha bien: llena tu envase porque cada gota es importante. A tu abuela le darás de tomar y pronto su efecto comenzarás a notar”, explicó, y hasta lo escuché gracioso. Cuando terminé con mi primera tarea ella se desintegró.

Esa noche entré rápidamente a la habitación de mi abuela y dejé el frasco en una mesita cerca de su cama. Desde ahí todo fue mágico. “Buenos días, Andresito”, me dijo a la mañana siguiente, y esa vez me devolvió el abrazo. No recordaba otras cosas, pero yo seguí yendo cada día a la poza en búsqueda su dósis de memoria.

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