Un Canto en el Mar

     Me tardé bajo la regadera a propósito para ver si se le pasaba la idea, pero cuando salí del baño mi mamá se dirigió a mí con un ultimátum, si no salía con mis primos quitaría el internet en nuestra casa. No me convenía, y sabía que lo decía en serio.

     Mientras caminaba por la arena me di cuenta que sí podía disfrutar de un paisaje como ese, el mar estaba tranquilo, a mi izquierda se alzaba el malecón y sobre él unas cuantas luces que se reflejaban en el agua. Sostenía mi teléfono al frente con la dirección del lugar, en lo que una melodía atrajo mi atención sobre todo por la voz que la producía. En realidad era hipnotizante, me sentía como un pez: estaba nadando contracorriente. Me acerqué a las piedras que iban desde la orilla a la playa y ahí pude ver a una muchacha en el agua. Me pareció que no le importó mucho mi llegada, pues seguía danzando a su canción.

Te puedes enfermar, ¿sabías? Es muy tarde…

Es el único momento en que puedo venir por aquí.

   Seguía tarareando, sin mirarme.

¿Te perdiste? Preguntó desinteresada.

Más o menos. Y creo que tampoco hay buena señal aquí.

Puedes quedarte, también haré una fiesta.  Era de las que no anda con rodeos y yo no estaba acostumbrado a esa determinación.

Y…¿Dónde es?

Aquí. Hasta cuando hablaba parecía cantar.

  Dudé, pensé muy bien mi respuesta con temor para no tartamudear.

La cuestión es que tengo que ir con mis primos ahora.

     En ese momento me miró por primera vez. La intensidad que emanaba de sus ojos me confundía, no hacía nada más que admirar su rostro angular, su cabello con algas entrelazadas que bailaba en la superficie como los tentáculos de una medusa. Quise avanzar hasta su encuentro pero me entró una llamada. Uno de mis primos que hablaba del otro lado me volvió a explicar la dirección, y para mi sorpresa, aunque no había sido por mucho, me había pasado de camino.

Tengo que irme.

   No respondió. Su mirada esta vez era distante, su silencio era castigador, y aunque no quería dejarla allí sola mis piernas respondieron al objetivo por el cual había salido.

     Al día siguiente pensé mucho en ella, no había tenido ningún tipo de acercamiento con otra muchacha desde hace un par de años, por un instante había sentido que subía la temperatura de mi cuerpo, además, su voz tenía matices cálidos, emitía tonos embriagadores, así que decidí volver a aquel lugar.

     Salí a eso de las siete y mientras me acercaba me preguntaba si le agradaría verme de nuevo. Pero no la encontré. Esperé un rato, me senté en una de las piedras a observar a la gente que iba y venía. Pasados cuarenta minutos me rendí. Volví a la casa y de mal humor. Recordé que no había aceptado su invitación y me sentí como el propio idiota.

     Nunca he soñado con nada, o al menos no recuerdo. Esa noche fue diferente. Todo era azul en sus distintas tonalidades, me sentí pesado pero aún así flotaba, aunque muy lento. No podía respirar y aún así estaba vivo, intentaba mantener mis brazos y piernas en movimiento entretanto una canción familiar sonaba de fondo. Se reía, de mí. Traté de buscarla pero me costaba avanzar. Fui a la superficie con desespero y cuando abrí los ojos me topé con su rostro. Ella clavó su mirada en la mía y fue convirtiendo su canto en chillidos. Ya no sentía las piernas y poco a poco me fui hundiendo. Me desperté de un salto con una presión en el pecho casi dolorosa, el sudor corría por mi frente hasta mi cuello, y sin volver a pegar un ojo en lo que restaba de madrugada no pude quitarme la maldita melodía de la cabeza.

      En los siguientes días tuve algunos ataques de pánico, sobre todo por las noches. Qué vacaciones. Mi mamá empezó a notar mi estado de ánimo y me obligaba estar con mis primos en todo momento, solo que ellos estaban tan pendientes de sus cervezas y el ron que a veces no se daban cuenta cuando me apartaba del grupo, por supuesto, en dirección al malecón.

    No sé si ya me encontraba en el punto de alucinar, pero en una de esas oportunidades creí ver su cabello ondeando a lo lejos. Mis manos empezaron a temblar y mis latidos competían con mi respiración para ver quién iba más rápido. Me senté en la arena y tapé mis ojos con ambas manos buscando calma. No estaba enamorado, me estaba volviendo loco. Quise pensar en otra cosa, mi computadora, mis cómics, poder volver a Caracas para concentrarme en mis estudios. Mi pulso iba tomando normalidad.

¿Por qué vienes?

    Me levanté de un brinco y la busqué con los ojos. Podía sentir el agua rozando mis pies.

Me gustaría conocerte. Fuiste muy simpática el otro día y…

Tú me gustaste Marcel, ya no.

       Paseaba entre las piedras como jugando a ser buscada.

¿Cómo sabes mi nombre?

Así te llamas.

Pero no te lo dije. Ni sé cómo te llamas tú.

    Hizo caso omiso a mis palabras, seguía girando y moviendo sus brazos.

Y también sabías que yo iba a una fiesta la otra noche. ¿Conoces a mis primos?

No, pero podría, ya que tú me rechazaste.

    Salió de su escondite sonriendo, me dio la espalda y me miró por encima de su hombro de manera seductora. Sentí un golpe de calor en el pecho. Se iba. Primero sumergió su cabeza al mismo tiempo que sus brazos, la curvatura de su espalda me indicó que nadar era algo muy natural para ella. Al final terminó su presentación mostrando una cola escamosa de color olivo, acompañada de una gran aleta que brillaba en tonos tornasol bajo la luz de la luna. El corazón me golpeaba como a un tambor con el cuero desgastado.

¡No te vayas, por favor!

     Grité hasta secar mi boca, sin importar el daño que le estaba haciendo a mi garganta. Necesitaba escucharla cantar otra vez, tanto que dolía.

 

Cuento para la clase de literatura.

 

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