Escaleras a Ningún Lugar

Se dice que cuando todas las visitas se van y solo quedan los enfermeros de guardia, su cuerpo puede verse, aunque difuso, en el último escalón.

Hace unos dos años atrás Eva había sido internada por una crisis respiratoria, además de todas las adolencias que puede sufrir una persona de ochenta y cuatro años. Sin embargo, su ímpetu no le permitía doblegarse, por lo que su recuperación iba avanzando muy rápido.

Laura, la enfermera, solía reírse de las ocurrencias de Eva, incluso cuando le dijo: “Cuidando viejos se te va a ir la vida, y el marido también”. Pero Laura siempre la vigilaba con cautela, pues la anciana un día quiso demostrar que todo iba de maravilla, subiendo las empinadas y casi oxidadas escaleras que iban al segundo piso. Por supuesto, los enfermeros se sorprendían por la determinación que construía en su paso, y los familiares que visitaban a los suyos a eso de las siete de la noche, consideraban que Eva daba todo un espectáculo.

Una noche, cuando el área de espera había quedado vacía por completo, un sonido seco llamó la atención de Laura. Al salir al pasillo y con el corazón resonando hasta la sien, pudo ver la bata blanca que limpiaba con agua oxigenada cada vez que Eva volcaba sin querer su gelatina en ella.

La fractura del fémur y de su cráneo contrastaban de manera peculiar con la sonrisa que tenía aún sin pulso. Pero un testigo se mantenía de pie, persignándose una y otra vez sin apartar la mirada al cuerpo. Laura, quien lloraba serena cerca de Eva, se volvió a la anciana que se encontraba allí.
Juana… ¿Qué pasó?
Ay mija, yo iba a buscarla a usté. Doña Eva se fue a subir y hablaba sola…
Pero ella no era sonámbula Dijo Laura interrumpiéndola, secando una lágrima que corría por su nariz.
¡No, no! No me entiende… Continuó Juana, con sus lagrimales tan rojos como una reciente herida abrierta. Desde ayer andaba diciendo que ella quería irse con su viejo…
Se suicidó…
¡Pero espere! Déjeme contarle El dolor de la mirada de Juana se iba convirtiendo en impaciencia. Ella se levantó hoy diciéndome que el señor Augusto la vino a visitá, y veía a la punta de la escalera hablando sola, pero se veía contenta. Yo como no la encontraba a usté me devolví y fue cuando Eva pisó mal y se cayó. ¡Ay mija, perdóneme! El corazón no me dio pa’ gritá.

Todos lloraron a Eva durante días, recordando las sonrisas que les sacaba en un día rutinario. Lo que no sabían era que su simpática amiga también fue enfermera, y que Augusto era su dulce amor, quien murió de un infarto en casa mientras ella cubría una guardia. Eva nunca lo superó y lo único que pudo hacer fue disfrazar su luto permanente con el humor que encantaba a todos.

Al poco tiempo el acceso a las escaleras al segundo piso fue bloqueado. Los enfermeros sostuvieron que eran un peligro tenerlas tan cerca de las áreas de cuidados intensivos, considerando que se notaba su oxidación y eso entorpecía las normas de salubridad, sin embargo eran un recuerdo oscuro de la persona más especial que hayan conocido.

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